La terapia de grupo: reconstruir la confianza y recuperar la esperanza
Por Belén Díeguez · Psicóloga de Clínica EOS
Vivimos conectados, pero no siempre acompañados
Vivimos en una época en la que los vínculos parecen estar atravesados, cada vez más, por la incertidumbre, el aislamiento y la desconfianza. Nos relacionamos con los demás, pero no siempre sentimos que podamos confiar en ellos; estamos permanentemente conectados, pero esto no significa necesariamente que nos sintamos acompañados.
Victoria Camps, en La sociedad de la desconfianza, reflexiona precisamente sobre esta dificultad para confiar en los otros y en las instituciones. La desconfianza tiene consecuencias que van más allá de lo individual: debilita los vínculos, favorece el individualismo y dificulta la construcción de un proyecto común.
Camps nos recuerda que una sociedad no puede sostenerse únicamente desde la sospecha; necesita confianza, responsabilidad y compromiso con los demás.
En esta misma dirección, aunque desde una perspectiva diferente, Byung-Chul Han, en El espíritu de la esperanza, plantea la necesidad de recuperar la capacidad de abrirnos a un futuro que todavía no está escrito.
La esperanza no es una actitud ingenua ni un simple pensamiento positivo. Es la posibilidad de imaginar que algo puede ser diferente y, sobre todo, de mantener abierta la posibilidad de transformación.
¿Qué lugar puede ocupar la terapia de grupo ante esta realidad?
La perspectiva de Enrique Pichon-Rivière nos ofrece una vía especialmente fecunda para pensarlo.
Para Pichon-Rivière, el ser humano es esencialmente un sujeto de vínculos. No podemos comprender lo que nos sucede únicamente desde nuestra individualidad, porque nuestra manera de sentir, pensar y actuar se construye también en relación con los otros.
El grupo terapéutico constituye, en este sentido, un espacio privilegiado de encuentro. Un espacio donde podemos descubrir que aquello que vivimos como exclusivamente nuestro también puede resonar en los demás; donde podemos escuchar y ser escuchados; donde podemos poner en palabras experiencias que quizá durante mucho tiempo permanecieron aisladas o sin poder ser pensadas.
En el grupo aparece también algo fundamental: la experiencia de que no estamos solos frente a aquello que nos sucede.
El grupo como espacio de aprendizaje y transformación
Desde la concepción de Pichon-Rivière, el grupo se organiza alrededor de una tarea.
En ese proceso aparecen ansiedades, miedos, resistencias y dificultades en la comunicación, pero también posibilidades de aprendizaje y transformación.
El encuentro con los otros permite cuestionar formas de relación que quizá se habían convertido en rígidas y encontrar nuevas maneras de vincularnos.
Por eso, la confianza en el grupo no es algo que se presuponga. Se construye.
Se construye poco a poco, a través de la escucha, del respeto, de la posibilidad de expresarse sin ser juzgado y de comprobar que el otro puede convertirse en alguien con quien pensar y compartir.
Confianza, esperanza y vínculo
Y es precisamente aquí donde podemos establecer un puente entre Camps, Han y Pichon-Rivière.
Si la desconfianza puede conducirnos al aislamiento, el grupo ofrece una experiencia de vínculo.
Si la pérdida de esperanza puede hacernos sentir que nada puede cambiar, el grupo introduce la posibilidad de pensar y construir algo diferente.
Y si muchas veces sufrimos sintiendo que debemos afrontar nuestras dificultades individualmente, el grupo nos devuelve una experiencia esencial: somos sujetos en relación y podemos transformarnos también a través de los vínculos.
La terapia de grupo: algo más que compartir un espacio
La terapia de grupo no consiste, por tanto, simplemente en reunir a varias personas en un mismo espacio.
Es la creación de un espacio terapéutico compartido, cuidadosamente sostenido y acompañado por el terapeuta, en el que cada participante puede encontrarse consigo mismo a través del encuentro con los demás.
En una sociedad que parece empujarnos cada vez más hacia el individualismo, recuperar el valor terapéutico del grupo supone también recuperar el valor del nosotros.
Quizás ahí reside una de sus mayores potencias: el grupo puede convertirse en un lugar donde volver a confiar, volver a pensar con otros y volver a imaginar que el cambio es posible.
Porque, en definitiva, la confianza se construye en el vínculo y la esperanza necesita de un otro con quien poder compartirla.

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